La llegada el Mundial de Fútbol 2026 vuelve a despertar una pasión que parece no tener límites entre los argentinos. Las calles comienzan a teñirse de celeste y blanco, los comercios decoran sus vidrieras, los bares y restaurantes preparan promociones especiales y miles de niños y adultos lucen orgullosos la camiseta de la Selección Argentina.
Es una imagen que se repite cada cuatro años y que refleja el amor de un pueblo por el deporte que más alegrías le ha dado. Sin embargo, esta escena invita a una reflexión que va más allá del fútbol.
¿Por qué no ocurre lo mismo cada 25 de Mayo o cada 9 de Julio? ¿Por qué las banderas argentinas no aparecen con la misma intensidad en los hogares, los comercios y las calles durante las fechas que recuerdan nuestra historia y nuestra independencia?
La emoción que genera un Mundial es comprensible. El fútbol une, moviliza y despierta sentimientos profundos. Pero también resulta válido preguntarse si estamos dedicando la misma energía a celebrar los acontecimientos que dieron origen a nuestra Nación.

La bandera argentina no debería ser únicamente el símbolo de una competencia deportiva. Es el emblema de nuestra identidad, de nuestra historia, de los hombres y mujeres que lucharon por construir un país libre y soberano.
Tal vez no se trate de elegir entre el fútbol y la Patria. Ambos pueden convivir. La cuestión es recuperar el valor de nuestras fechas patrias y sentir el mismo orgullo al recordar nuestra independencia que el que sentimos cuando la Selección sale a la cancha.
Porque los triunfos deportivos nos emocionan, pero la historia y los valores que nos unen como Nación son los que nos definen para siempre.