El especialista Pablo Mainer advierte sobre el crecimiento del hostigamiento en las escuelas y señala la necesidad urgente de escuchar a los jóvenes en un sistema desbordado.
La problemática del bullying en las escuelas argentinas dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en un síntoma de una crisis social más profunda. Así lo advierte Pablo Mainer, fundador de la ONG Hablemos de Bullying, quien trazó un diagnóstico preocupante sobre la situación actual.
“La escuela está siendo la caja de resonancia de toda una complejidad social”, sostuvo el especialista, al tiempo que remarcó que la violencia, el insulto y la falta de diálogo se han naturalizado en distintos ámbitos, impactando directamente en las aulas.

En ese contexto, Mainer alertó sobre la pérdida de autoridad dentro del sistema educativo. “Antes, lo que decía la docente era palabra santa y todo eso se fue rompiendo”, explicó. Según su mirada, hoy los docentes enfrentan situaciones cada vez más complejas sin herramientas suficientes, mientras también cargan con problemáticas que exceden a la escuela.
El bullying, definido como una violencia intencional, repetitiva y con una relación desigual de poder, tiene consecuencias profundas en la salud mental de quienes lo padecen. Mainer identificó distintas etapas del proceso, desde la exclusión – muchas veces minimizada por los adultos – hasta la “indefensión aprendida”, donde el joven siente que no tiene salida. “Es la sensación de decir ‘no tengo posibilidades ni voy a poder salir nunca de acá’”, advirtió.
A esta situación se suma el impacto de las tecnologías. “Hoy es imposible separar el bullying del ciberbullying”, afirmó, al señalar que el 86% de los casos virtuales tienen origen en el mundo real. Las redes sociales y las pantallas, lejos de ser un espacio de desconexión, prolongan la violencia sin límites de tiempo ni lugar. “El chico que sufre hostigamiento no sabe hasta dónde va a llegar, no tiene un tiempo y un espacio”, explicó.
Uno de los puntos más críticos del análisis es la desconexión entre adultos y jóvenes. “Los pibes tienen un montón de cosas para contarte, situaciones que los adultos no estamos percibiendo”, sostuvo Mainer, quien cuestionó las intervenciones superficiales y esporádicas que no logran abordar el problema de fondo.
En ese sentido, remarcó la importancia de generar espacios reales de escucha y diálogo. “De nada sirve hablar una hora sobre discriminación si después no circula la palabra en el aula”, planteó, al tiempo que llamó a superar tanto el autoritarismo como la falta de límites en la crianza.
Para el especialista, el desafío es dejar de mirar el problema solo cuando estalla en situaciones extremas y empezar a comprender el malestar cotidiano que atraviesan muchos jóvenes. “No hablamos de los miles de pibes que la están pasando mal”, concluyó.
El diagnóstico es claro: el bullying no es solo un problema escolar, sino una señal de alarma sobre el estado de la sociedad. Y la respuesta, según coinciden los especialistas, empieza por algo tan básico como urgente: volver a escuchar a los jóvenes.