Los reiterados insultos y descalificaciones del presidente Javier Milei contra dirigentes políticos, como el reciente agravio al gobernador Axel Kicillof, ponen en evidencia un estilo de conducción que desprecia el respeto, las formas democráticas y la investidura ajena. El riesgo: que niños y jóvenes naturalicen ese discurso.
Durante un acto político en La Plata, el presidente Javier Milei volvió a exhibir lo que ya parece un sello propio: la descalificación personal. Esta vez, el blanco fue el gobernador bonaerense Axel Kicillof, a quien insultó llamándolo “boludo” y descalificó con ironías desde el atril presidencial, en medio de aplausos partidarios.
Lo que en otro momento hubiera generado un escándalo institucional hoy parece formar parte del paisaje cotidiano. El presidente no solo insulta a opositores, también ha utilizado expresiones violentas y degradantes contra periodistas, artistas, trabajadores, científicos y hasta jefes de Estado de otros países.
Y cuando desde la más alta autoridad del país se difunde de manera sistemática un discurso agresivo, intolerante y hostil, sus efectos no tardan en replicarse en la sociedad. Muchos chicos, especialmente adolescentes y jóvenes, escuchan y ven cómo el presidente se refiere a los demás a los gritos, con burlas, con soberbia, y sin el menor respeto por la diversidad de opiniones. Y algunos, lamentablemente, empiezan a imitar ese comportamiento.
Por eso, el rol de las madres, padres y adultos responsables se vuelve fundamental. Hay que explicarles a nuestros hijos que esa forma de hablar no está bien, que la violencia verbal no es un valor, que tiene que haber respeto como parte esencial de la convivencia democrática.
Argentina atraviesa una etapa compleja, donde el malestar social y la crisis económica conviven con una tensión política constante. Pero esto no justifica el maltrato, y mucho menos desde el principal referente institucional del país. La palabra del presidente no es una cualquiera. Tiene peso y forma opinión.
En este escenario, el ejemplo – bueno o malo – baja desde arriba. Por eso, cuando desde el podio presidencial se naturalizan los insultos y se banaliza la violencia, todos perdemos. Y si no marcamos la diferencia, si no enseñamos que otra manera de comunicarse es posible, serán las futuras generaciones quienes paguen el costo de una sociedad que dejó de dialogar para empezar a gritarse.