Jorge Mario Bergoglio tenía 88 años. Fue un líder espiritual cercano y comprometido, que dejó huella tanto en el Vaticano como en su país natal. Conocía profundamente la región del ex General Sarmiento, donde fue rector del Colegio Máximo en San Miguel.
El Papa Francisco, el primer pontífice argentino y latinoamericano de la historia, falleció hoy a los 88 años en el Vaticano. Su muerte conmueve al mundo y deja un profundo vacío en millones de fieles que encontraron en él una figura de esperanza, humildad y compromiso con los más vulnerables.

Nacido en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936, Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa el 13 de marzo de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI. Su papado se destacó por una fuerte impronta pastoral, un estilo austero, y una constante preocupación por las periferias, tanto geográficas como existenciales. «Quiero una Iglesia pobre para los pobres», dijo al poco tiempo de asumir el cargo, y esa frase se convirtió en uno de los ejes de su pontificado.
Antes de llegar a Roma, Bergoglio tuvo una vida profundamente ligada a la Iglesia argentina y a su gente. Entre 1980 y 1986 fue rector del Colegio Máximo y de la Facultad de Filosofía y Teología en el Partido de San Miguel, lo que lo vinculó de manera directa con la región del ex General Sarmiento. Conocía de cerca las problemáticas sociales del conurbano bonaerense y supo cultivar allí una cercanía con los vecinos, estudiantes y religiosos que lo recuerdan como un hombre firme pero afectuoso, exigente pero humano, y siempre con una palabra justa para cada situación.
Durante la dictadura militar, fue criticado desde algunos sectores por no haber hecho lo suficiente para proteger a dos sacerdotes secuestrados. Sin embargo, son muchos los testimonios que dan cuenta de su acción silenciosa para proteger a otros y ayudarlos a salir del país, así como su apoyo a seminaristas perseguidos por su compromiso social.
Con la muerte de Francisco, el Vaticano se prepara para una nueva etapa. El Cónclave deberá elegir ahora a su sucesor, en un contexto en el que los desafíos de la Iglesia Católica son enormes: la pérdida de fieles en muchos países, los escándalos de abusos aún sin cerrar del todo, las tensiones internas entre sectores progresistas y conservadores, y la necesidad de un mayor protagonismo en temas sociales y ambientales. La figura del nuevo Papa será clave para definir si se profundiza el camino de apertura que inició Francisco o si se produce un giro más tradicionalista.
Muchos ojos estarán puestos en los cardenales latinoamericanos y africanos, regiones donde el catolicismo sigue teniendo fuerte presencia y dinamismo. Sin embargo, no se descarta que el próximo pontífice sea europeo, como señal de equilibrio tras un papado con fuerte impronta del sur global. Lo que es seguro es que, sea quien sea el elegido, la sombra del Papa Francisco será larga, y su legado, difícil de ignorar.
Hoy el mundo despide a un Papa que rompió moldes, que caminó sin lujos, que eligió vivir en la Casa Santa Marta en vez del palacio apostólico, y que no dejó de insistir en la necesidad de una Iglesia más misericordiosa, abierta y en diálogo constante con la realidad. Su legado ya es historia. Y en San Miguel, José C. Paz y Malvinas Argentinas, donde caminó tantos pasillos y dio tantas clases, su recuerdo seguirá vivo.