Algunos evangélicos conservadores apuestan políticamente por Milei y otros impulsan a un nuevo outsider: Gebel. Pero en todos los casos, el objetivo parece el mismo: transformar la fe territorial en poder real.
Durante años, los templos evangélicos crecieron en silencio en los barrios, en las cárceles, en los lugares donde el Estado casi no llega. Construyeron comunidad, contención, pertenencia. Y, hoy, ese entramado empieza a rendir otro tipo de frutos: la política.
El establishment evangélico se metió de lleno en la escena pública, pero no como un bloque homogéneo. Dentro del mundo evangélico conservador hay, al menos, dos grandes apuestas.

Por un lado, un sector que ve en Javier Milei una oportunidad histórica. Encuentran afinidad en el discurso contra el feminismo, en la defensa de la familia tradicional, en la crítica a la justicia social. Milei aparece como la llave para ocupar espacios del Estado que durante décadas les resultaron inaccesibles. No se trata solo de simpatía: hay un proyecto de poder. Por eso muchos de esos líderes ya piensan en 2027 y quieren que el experimento libertario continúe.
Pero, en paralelo, emerge otra línea que promueve a Dante Gebel como posible candidato presidencial. Otro outsider, otro hombre que no viene de la política tradicional, otro líder con llegada directa a multitudes. La lógica es parecida: si el sistema está en crisis, mejor alguien “de afuera”. En un caso Milei, en el otro Gebel, pero el esquema es el mismo: figuras que pueden ser acompañadas y empujadas desde los templos.
Pero, la pregunta de fondo es qué buscan realmente. Cuesta creer que se trate solo de ocupar cargos. Todo indica que el poder es un medio para algo más profundo, como el instalar una visión del mundo. Influir en la agenda pública, en la educación, en los derechos, en la idea misma de familia y de sociedad. Y la política aparece como la herramienta para convertir en ley lo que hoy se predica desde el templo.

Encuentro multitudinario de fieles evangélicos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
También vale mirar el fenómeno al revés. ¿Fueron los evangélicos lo suficientemente hábiles como para meterse en la política, o fueron los propios políticos quienes les abrieron la puerta al ver un caudal de votos organizado, disciplinado y con presencia en cada barrio? Probablemente las dos cosas. La crisis de representación empujó a la dirigencia a buscar legitimidad donde todavía hay comunidad viva. Y los evangélicos entendieron que su presencia en el territorio podía transformarse en poder.
En ese tablero, el 2027 empieza a dibujarse con una certeza: gane quien gane, hay un actor que ya salió fortalecido. Si Milei logra continuar o si irrumpe un outsider religioso como Gebel, los evangélicos habrán consolidado su lugar como poder real. No necesariamente como partido, pero sí como factor decisivo.
Incluso cabe preguntarse si la aparición de Gebel no funciona también como una jugada estratégica: correr del centro a la oposición tradicional, desplazar al peronismo y al kirchnerismo, fragmentar el campo popular y debilitar a cualquier candidato “puro” de esos espacios. En ese escenario, la disputa deja de ser entre proyectos históricos y pasa a ser entre variantes del outsider, todas atravesadas por una misma matriz conservadora.