La inseguridad sigue haciendo estragos

La Provincia registra episodios delictivos cada vez más violentos. Los asaltos motochorros están a la orden del día y salir vivo de un ataque así es cuestión de azar.

La inseguridad es un mal que aqueja a la población sobre todo a la del Conurbano bonaerense y a la de las grandes ciudades, aunque de a poco se va extendiendo a otros lugares más pequeños en donde la vida era más tranquila.

Entraderas, salideras bancarias, robos en domicilios y los cada vez más presentes motochorros. Esos delincuentes que van por la calle, de a dos como siempre, montados en una moto, rastreando cuál va ser su próxima víctima.

La metodología utilizada es la ya conocida: se acercan a la persona a robar, el que va atrás en la moto se baja con un arma, apunta a la víctima y le quita sus pertenencias, luego se sube y emprenden la huida. En otros casos la situación se torna más violenta y tiran a la víctima al piso, forcejean, le pegan y hasta le quitan la vida disparándole a sangre fría, incluso si no se resiste al robo.
Los delincuentes «tienen todas las de ganar», y no se trata de una cuestión ideológica este comentario. Saben que, si logran ser detenidos, probablemente pasen unas pocas horas en la comisaría y después los dejan en libertad. Pero ese es un tema de las leyes que deberán revisar en el Congreso y de la Justicia benevolente con asesinos y violadores.
No solo se cobran el miedo o la vida de la persona que asaltaron, también destruyen a toda una familia que está por detrás. Porque la consecuencia de la perdida de un familiar en situaciones como esas genera la necesidad de ser tratados con asistencia psicológica, pero, en algunos casos no resisten el dolor y tienden al suicidio.
Es innumerable la cantidad de casos de motocho-rros que hay por día, aunque algunos políticos quieran hacernos creer que es solo «una sensación de inseguridad» o que «tenemos la menor tasa de criminalidad de Latinoamérica». Sobre todo en el Conurbano, donde se concentra la más grande densidad de población del país.
Mientras tanto vemos como siguen sucediendo los crímenes por televisión, porque las cámaras de seguridad en la vía pública sirven para eso, para que los noticieros lo muestren y nada más. Y todo esto sucede sin que haya ya sorpresa ni reacción por parte de una sociedad que parece somnolienta con estos casos.

El episodio de Dylan Cardozo en San Miguel es uno de los tantos que podemos mencionar. El joven de 21 años estudiaba kinesio-logía en la Universidad de Hurlinghan y ya contaba con un título de masajista. Era integrante de la Compañía de lobo negro (lucha medieval); estuvo unos años en la orquesta del municipio, donde tocaba el violín; trabajaba con la madre como mozo, en Catering.
Dylan encontró la muerte en Trujui, esperando el colectivo. Tres balazos de los motochorros acabaron con su futuro y destrozaron a su familia.

Los investigadores encontraron la presunta moto con características similares a la utilizada por los delincuentes que mataron durante el intento de robo al joven que aguardaba un colectivo en el partido de San Miguel fue secuestrada durante allanamientos realizados en la zona, mientras que los homicidas continuan prófugos.

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